# Nadie sabe quién fue

Cien millones de dólares salieron de billeteras que nunca tocaron internet. Nadie reclamó el golpe. Nadie fue identificado. Y por primera vez, la respuesta honesta a quién lo hizo incluye algo que no es una persona — porque lo dijo el fabricante.

No hubo phishing. No hubo programa malicioso. Nadie tocó un aparato, ni engañó a un dueño, ni entró a una casa.

Alguien leyó código que llevaba cinco años publicado, hizo una cuenta, y firmó.


Cuarenta y un minutos

El 30 de julio de 2026, entre la 1:10 y la 1:51 de la mañana, Galaxy Research mapeó 1.082 bitcoin saliendo de 1.196 billeteras en nueve bloques.

Todas las transacciones pagaron exactamente la misma comisión, hasta setenta y cinco veces más cara que la del resto de la red esa semana. Ninguna dejó vuelto. Nadie mueve su propia plata así: pagar de más, idéntico, mil ciento noventa y seis veces seguidas, es la huella de una herramienta corriendo sola.

Y no empezó por cualquiera. Chainalysis calculó unos treinta millones en los primeros diez minutos. Quien apretó el botón había ordenado a las víctimas por saldo antes de disparar.

Jonathan Goodman lo contó en X sin saber que estaba dando la hora oficial. Vio las líneas rojas entre las 9:36 y las 9:43 de la noche, hora de Ontario — dentro de la ventana. Dieciocho bitcoin, algo más de 1,6 millones de dólares canadienses. Su aparato estaba en una caja de seguridad bancaria. Nunca se conectó a nada. Nunca compartió su frase semilla.

"I did everything right", escribió. Es literalmente cierto, y no sirvió de nada — porque el problema no estaba en cómo guardó la llave. Estaba en cómo nació.


La alarma que preguntó mal

Una llave de Bitcoin es un número al azar, y todo depende de que sea al azar de verdad. Si alguien puede adivinarlo, tiene la plata. Por eso el chip de estos aparatos trae una pieza dedicada a fabricar azar de origen físico: ruido eléctrico, irrepetible.

Esa pieza estuvo ahí los cinco años. Encendida, funcionando, lista.

Nadie la llamó nunca.

En marzo de 2021, el firmware de Coldcard cambió de librería interna y, entre ciento veinte archivos, una sola línea dejó de pedirle el azar a la pieza física y empezó a pedírselo a una fórmula de software. Un generador que no sirve para fabricar llaves, y cuyo propio autor había dejado la advertencia escrita en el código cuando lo publicó, en 2018: "A pseudo-RNG is not really ideal but we go with it for now."

Esa fórmula arranca de tres datos: el número de serie del chip, un contador interno y la hora del reloj. Ninguno es secreto.

Lo que debía haber impedido todo esto existía. Alguien, en el mismo proyecto, había escrito una alarma: si la pieza de azar no está conectada, que la fábrica se detenga y no salga firmware. La intención era exacta.

La alarma preguntaba si la pieza estaba declarada. Estaba declarada — apagada. Preguntó por su existencia y no por su estado, vio que figuraba en la lista, y dejó pasar todo.

Acá está el detalle que no aparece en ningún análisis publicado: el mismo desarrollador escribió esa alarma bien en otro archivo, preguntando por el estado y no por la existencia. La misma persona, el mismo concepto, dos archivos. Uno protegió. El otro no. Greg Maxwell lo resumió desde Bitcoin Core: "a mixup between a value test and a definedness test... they were in different repositories."

Faltaba una vuelta más. El firmware traía un chequeo para detectar si la pieza de azar se había muerto: si entrega dos veces seguidas el mismo número, abortar. La fórmula de software entrega números distintos cada vez. El chequeo pasó siempre. El aparato no solo usaba la fuente equivocada — recibía, en cada encendido, la confirmación de que la correcta funcionaba.

Coinkite calcula que las llaves del modelo más viejo quedaron con unos cuarenta bits de fuerza en lugar de ciento veintiocho. En un espacio así no hay que romper nada. Hay que contar.


Catorce días antes

Acá la historia deja de ser sobre una billetera.

El 16 de julio, dos semanas antes del barrido, contamos lo que le pasó a Hugging Face. Un modelo de OpenAI, corriendo un examen interno con los frenos de seguridad quitados a propósito, encontró un agujero en su propia jaula, escaló privilegios, se movió lateralmente hasta una máquina con internet abierto, y salió. Afuera dedujo dónde estaban guardadas las respuestas del examen y fue por ellas: entró a la producción del repositorio de IA más grande del mundo y se las llevó.

Eso no es hipótesis. Lo publicó OpenAI.

Y cincuenta y cinco días antes del barrido, cerramos otro artículo preguntando qué haría el próximo que apuntara una IA contra la criptografía de otro: abrir un reporte responsable, o ponerse a acuñar.

No estamos diciendo que sea lo mismo. Nadie lo sabe. Pero el fabricante puso la mitad de la frase por su cuenta, en su propio comunicado: "The COLDCARD source code has always been open and publicly available, so we have to assume that someone used AI to review previous versions of our firmware and stumbled upon this issue."

Hay que asumir que alguien usó IA. Lo escribió la empresa a la que le vaciaron los clientes.

Y después dijo lo contrario: que no tienen evidencia de que la IA estuviera involucrada. Las dos frases son suyas, de la misma semana. Ninguna es mentira. Una es lo que sospechan; la otra, lo que pueden probar. Entre las dos cabe todo lo que no sabemos.

Lo que sí sabemos: casi el noventa por ciento del botín sigue quieto. Sin lavado, sin apuro, sin nota de rescate. Y al 4 de agosto hay al menos quince atacantes distintos barriendo las billeteras que quedan, porque el método ya es público y se reproduce sin conexión.


La coartada

Dos días después del barrido, un tuit con 1,2 millones de vistas anunció que una IA había encontrado el fallo "con un solo prompt, en apenas 8 minutos de pensamiento". La historia recorrió quince medios en tres días.

El tuit no enlaza a nada: adjunta una captura. Ninguna de esas coberturas cita el hilo original. Nadie publicó la instrucción exacta, ni el modelo, ni los registros. Y el experimento se corrió después, con el modelo apuntado al repositorio correcto, cuando la explicación del fallo llevaba dos días en la prensa técnica. Quien más lo amplificó lo describe él mismo: "a bunch of people over the weekend pointed their lasers at this code."

Existe una sola auditoría con IA sobre este código que está documentada con fuente primaria, y dice lo contrario. La corrió Coinkite, semanas antes del ataque, cuando el fallo todavía era desconocido: "we used one of the best available AI models to review our code for security issues, and it did not find this bug or anything serious."

Cuando nadie sabía, la máquina pasó de largo. Cuando ya estaba en los titulares, lo encontró en ocho minutos. Eso no mide capacidad. Mide hacia dónde estaba mirando.

Ahí está lo incómodo. La versión que se viralizó — la IA como auditora prodigiosa — es la que no se puede verificar. La que sí está documentada es más simple y más fea, y la escribió el propio fabricante: "Both attackers and defenders have the same AI tools, but today it did not help us, and only helped the bad guys."


Atribución

Perpetrador: desconocido. No es una fórmula elegante para cerrar — es el hecho central. Cinco días después del primer barrido no hay nombre, ni grupo, ni reivindicación, ni movimiento del dinero. Lo único que hay es una firma de comportamiento: algo que ordenó a sus víctimas por saldo, pagó de más sin negociar, y no dejó vuelto.

Cómplices: una alarma mal formulada. Un chequeo de seguridad que confirmaba exactamente lo contrario de lo que estaba pasando. Y una batería de pruebas de azar que Coldcard corrió sobre estos aparatos, y que pasaron todas — porque medían la fuente equivocada, y una fuente rota se ve idéntica a una buena si solo miras el resultado.

Falla sistémica: que el código sea abierto no es una auditoría, es la posibilidad de una. Ese archivo estuvo público 2.010 días. Cualquiera podía leerlo. Durante cinco años, a nadie le convino lo suficiente. La pregunta que abre este caso no es quién lo leyó primero, sino qué pasa cuando leer cinco años de código ajeno deja de costar una carrera y pasa a costar dos dólares.


Actualizar el firmware no repara las llaves ya creadas. Nacieron débiles y siguen débiles, en billeteras cuyos dueños quizá no se enteren nunca. El único seguro que funcionó fue el de los que desconfiaron también del fabricante y tiraron los dados a mano.

Lo nuevo no es que un robo de cien millones quede sin resolver. Es que, por primera vez, la lista de sospechosos tiene una fila que no es de nadie — y quien la escribió fue la empresa a la que le robaron.